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Lidia Maggibiblista y pastora bautista

Introducción: la dinámica de la Palabra

Nos ponemos en escucha de la Palabra que nos ha convocado. Una Palabra para escuchar “hoy”, pero que viene de lejos. Antes de dejarla hablar, probemos a intuir el camino que la ha traído hasta nosotras. No entiendo proponerles una panorámica sobre la formación del canon bíblico y sobre su recepción a lo largo de los siglos. Deseo sólo poner a foco con ustedes la dinámica del camino de la Palabra testimoniada en las Escrituras. Con una imagen que me limito a evocar (y que podría ser fructíferamente declinada en más direcciones), la dinámica de la Palabra es comparable a una herencia, que nos llega de improviso, como un don no merecido por parte del testador, confiado a nosotras para poder beneficiarnos de aquella riqueza. No por nada la Biblia cristiana desde el principio recurre al lenguaje del Testamento, antiguo o nuevo: un modo de designar la Palabra, en cierto término de Pacto, pero subrayando la iniciativa divina, el carácter gratuito, junto a la responsabilidad del buen uso de cuanto hemos recibido. Precisamente como una herencia, la Palabra irrumpe en nuestras vidas en términos de don gratuito (gracia) y exige que nos hagamos cargo, realizando opciones y no limitándonos a custodiarla intacta. La herencia no es un dato sino una tarea.

La Palabra heredada es un don ofrecido a hijos e hijas: abre al futuro, hace crecer y responsabiliza. Quien deja en herencia dice a los herederos: ustedes son preciosos, como la herencia que les dejo; ahora ustedes son adultos: administren mi tesoro. Nos lo recuerda el apóstol Pablo, en la carta a los Romanos (no por casualidad, es la carta más madura que se considera su testamento espiritual): «Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo» (Rm 8,17). No hijas menores, todavía bajo el control de los padres y necesitadas de atención, sino personas adultas y responsables, llamadas a decidir, arriesgar y administrar con sabiduría.

En el fondo de la experiencia de dar en testamento o recibir en herencia, más que una cuestión de patrimonio está en juego la cuestión del deseo: el deseo que ha movido el trabajo del testador, que se ha materializado en bienes realizados y que ahora toca al heredero llevar adelante. Como decir: más que de los bienes, se hereda un deseo, un sueño, que deberá ser asumido no reproduciendo, como papagayo cuanto ha hecho quien nos ha precedido, sino invirtiendo aquel capital en nuevos proyectos y generadores de futuro.

Saber coger esta dinámica “testamentaria” de la Palabra, custodiar el sentido del camino que la ha conducido hasta nosotras, nos preserva de entender la convocatoria de la misma manera de una cita en serie, administrativa – ¡como las asambleas de condominios! – y nos pone frente al caso serio de la Palabra divina, que irrumpe en nuestras vidas siempre de una forma inédita, haciendo  «una cosa nueva», llamándonos a recorrer juntos (con-vocación) el camino trazado por Dios, atreviéndose a creer que se puedan abrir caminos «en el desierto» (Is 43,19). Y los caminos abiertos por la Palabra no son nuestros caminos con el imprimátur divino: además, son diferentes, otros (Is 55,8-9), aquellos que la audacia divina nos da para que demos nuestros pasos en dirección de su Reino.

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