Presentación del Tema del 11° Capítulo general

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Levántate y ponte en camino (Dt 10,11)
confiando en la Promesa

Levántate

Es el imperativo que Dios le dirigió a Abraham: “levántate, camina la tierra a lo largo y ancho, porque yo te la daré” (Gen 13,17), a nuestros padres en la fe, a los profetas[1].  Es la invitación del Esposo:

«Levántate, amiga mía… ¡y ven!» (Ct 2,10). Es el verbo de la resurrección, del retorno a la vida[2]. Es la orden dirigida a Pablo en el camino a Damasco[3]. Es una palabra de esperanza contra cada temor, cada desaliento, cada tibieza:

Donde quiera que estés, ¡construye! Si estás en el suelo, ¡levántate! Nunca te quedes caído, levántate, deja que te ayuden a levantarte. Si estás sentado, ¡ponte en camino! Si el aburrimiento te paraliza, ¡ahuyéntalo con buenas obras! Si te sientes vacío o desmoralizado, pide que el Espíritu Santo llene de nuevo tu nada. (…) Jesús nos entregó una luz que brilla en las tinieblas: defiéndela, protégela. Esa luz única es la riqueza más grande confiada a tu vida. (…) Si te equivocas, levántate: nada es más humano que cometer errores. Y esos errores no tienen que convertirse para ti en una prisión. No te dejes aprisionar por tus errores. El Hijo de Dios no vino por los sanos, sino por los enfermos; por lo tanto también vino por ti. Y si te vuelves a equivocar en el futuro, no tengas miedo, ¡levántate!,
¿Sabes por qué? Porque Dios es tu amigo. (…) Vive, ama, sueña y cree[4].

En este contexto de esperanza, está claro que la invitación de Deuteronomio 10,11: “Levántate y ponte en camino” nace de la fidelidad de Dios que reescribe sus palabras con paciencia, renueva siempre su alianza, reconstruye e impulsa; se mantiene sobre la fidelidad de Dios. Con esta palabra «el Señor dice que nuestra historia sigue abierta: está abierta hasta el final, está abierta con una misión»[5].

Por lo tanto «Levántate», es la palabra de la evangelización.  El Papa Francisco, comenta así las palabras que, en los Hechos de los Apóstoles, el ángel dirige a Felipe: «Levántate y ve…» (Hech 8,26):

Este es un signo de la evangelización. La vocación y el gran consuelo de la Iglesia, de hecho, es, evangelizar. Pero para evangelizar, «Levántate y ve ». No dice: «Permanece sentada, tranquila, en tu casa»: ¡no!  La Iglesia, siempre para ser fiel al Señor, debe estar en pie y en camino: «levántate y ve». Una Iglesia que no se levanta, que no está en camino, se enferma (…) encerrada en el pequeño mundo de la charla, de las cosas (…) sin horizontes[6].

Quien evangeliza lo hace poniéndose de pie, “escuchando las inquietudes de la gente y siempre con alegría”. Es la actitud del centinela que responde prontamente, incluso con el movimiento del cuerpo, a una llamada, a una señal, a un signo de su Señor. Es la actitud de aquellos que están listos para “salir de sí mismos” para ir al encuentro del otro y abrirse a la lógica del amor, que se convierte en “fuego interno”, fuerza y pasión.

En el jardín de la resurrección, Jesús invita a una mujer, María Magdalena: «No me detengas… pero vete donde mis hermanos…» (Jn 20,17).

Este mismo amor de Cristo que la apremia a levantarse y andar (cf. 2 Co 5, 14), desde siempre nos mueve también a nosotras.  Hoy estamos llamadas a abandonar todo temor, a ponernos de pie, en camino, con alegría, prontitud y confianza incondicional. A estar alertas porque, como señala el P. Alberione, el corazón nunca pierde su dirección su centro vital:

Me gustaría decir a cada corazón en particular: Levántate, el corazón de Jesús te llama ¿por qué te pierdes en pequeñeces?  Grandes son los tesoros de adquirir para el cielo y vastísima es la ciencia que aprender en la tierra ¿por qué te pierdes en vanidades?  «Magister adest et vocat te» (FSP33, p. 127).

 

Ponte en camino

La expresión en camino» encierra un dinamismo de “salida”: es el itinerario de Abraham, llamado a partir hacia una tierra nueva (cf. Gen 12,1-3); es el éxodo del pueblo elegido, guiado por Moisés hacia la tierra prometida (cf. Ex 3,17); es el proceso espiritual del seguimiento del Maestro (cf. Mc 10,21).

El camino nos habla de nuestra condición de peregrinos y de nuestra vocación a la Alianza. Nuestro Dios nos pide «caminar delante de él y ser íntegros» (Gen 17,1).

Se nos vuelve a repetir, con fuerza renovada, el llamado del beato Santiago Alberione: «En camino, Hijas de San Pablo»[7], con el cual el Fundador nos exhorta a no detener nunca el paso, a «lanzarnos siempre adelante», como el apóstol Pablo:

¡Adelante, pues! Un paso después del otro, siempre ascendiendo, lanzándose siempre adelante, hasta allá, hasta Jesús, en el paraíso. Lanzándose adelante cada día, sin detenerse, en el camino de la santidad, ni en el trabajo de apostolado. ¡Adelante, siempre adelante! (FSP55, p. 185).
¡Lanzándose hacia adelante! Tener siempre presente lo que nos falta. No hay tiempo  para  complacerse  del pasado,  narrar  las cosas que se han hecho, los resultados obtenidos en esta o en aquella diócesis, en esta o en aquella jornada mariana, del Evangelio, del catecismo, etc. ¡No hay tiempo! Si queremos ser sabios y apóstoles, formados según el corazón de S. Pablo, sólo hay tiempo para recordar lo que nos falta (FSP57, p. 344).

«En camino», perseverando también frente a los inevitables obstáculos, porque cada una de nosotras, la Congregación y toda la Familia Paulina, están bajo la acción vivificante del Espíritu, en el surco de la promesa de la presencia constante del Señor.

Ponerse en camino es invitación a redescubrir la profecía paulina y a renovar el impulso misionero; a re-escuchar, en el corazón de la llamada, la urgencia de «hacer algo por los hombres y mujeres de nuestro tiempo» (AD 15); a reencontrar, en la alegría de la vocación, la audacia y la creatividad de apóstoles que, a la luz de la Palabra escrutan y leen los “signos de los tiempos”.

Ponerse en camino significa dejarse involucrar, sentir coralmente la necesidad de entrenar la mente y el corazón a “viajar” en la propia interioridad para escuchar la voz del Espíritu, que es apelo a ampliar los horizontes.  No camina quien no está dispuesto a abrirse a lo nuevo y a comprometerse para construirlo; quien está detenido en posiciones alcanzadas, no percibe los cambios y no es capaz de asombro ante las maravillas que el Señor cumple continuamente.

Ponerse en camino quiere decir abandonar las zonas de confort, las tradiciones muertas, el pasado estéril… y soñar nuevas metas, dejarse dirigir por el futuro emergente por el adviento de una soñada Nueva Jerusalén.

«Yo soy el camino, la verdad y la vida», dice Jesús (cf. Jn 14,6). La verdad es su vida, que se convierte en camino, se convierte en movimiento y camino. La verdad es una persona, Jesús, el Hombre que camina y nos hace caminar.

 

Confiando en la Promesa

La promesa de Jesús es el Espíritu Santo, que reaviva en nosotras la memoria de la Alianza entre Dios y la humanidad.

La Alianza es la clave para leer nuestra relación de reciprocidad con el Señor, para creerlo presente en nuestra historia y, por lo tanto, hacernos peregrinos.  Nuestra historia, personal y carismática, está marcada por la palabra de la fe, por la promesa que el Señor, a través de nuestro Fundador, ha hecho a toda la Familia Paulina: «No teman. Yo estoy con ustedes» (cf. AD 152; 155). Dios no nos deja solas en ninguna situación, sino que siempre viene a nuestro encuentro.  Sobre esta fidelidad a la palabra dada y sobre la conciencia que el Espíritu es protagonista de nuestra vida y de nuestra misión se fundamenta nuestra confianza y apostolicidad.

El Señor nos llama a vivir la Alianza como experiencia de Él, como celebración de su presencia en la historia y en los eventos cotidianos.

Alianza que se convierte en espiritualidad de la humildad: humildes ante Dios y los demás. El Señor nos ha elegido no por mérito sino únicamente porque nos ama en la gratuidad. Con humildad escuchamos las voces de personas y eventos que continúan pidiéndonos fidelidad.

Alianza que es espiritualidad de la escucha: una escucha que no codifica, que no pide condiciones de pertenencia, que, como Jesús, no hace distinciones (cf. Mt 11,19), pero se entrena a percibir al otro como “presencia”; una escucha que se convierte en apertura a la demanda y, a través de la palabra humana y cotidiana, se hace respuesta en la cual resuena la Palabra, el Evangelio de la vida y de la paz.

Alianza que es espiritualidad de la confianza, porque Dios no se ha arrepentido nunca de haber hecho un pacto con nosotros. No nos está permitido dejarnos sofocar por el pesimismo, tal como si fuera, agotada la gracia de Dios; no podemos sucumbir a la tentación de huir de los caminos necesitados de Evangelio, de retirarnos por cautela o por desconfianza.

La fidelidad de Dios asume nuestra debilidad y la transforma. Justamente, a través de la experiencia de la fragilidad, del fracaso y del mismo pecado, vivimos la espiritualidad del Pacto. Cuando nos sentimos «débiles, ignorantes, incapaces, e insuficientes en todo», es cuando el Señor actúa y nos salva, como nos afirma san Pablo: «Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Co 12,10).

Vivir el Pacto significa entrar en la historia concreta del mundo; servir al Señor a través de la historia y a estar abiertas a la novedad de la historia.  La espiritualidad del Pacto debe ayudar a interpretar los signos de los tiempos como signos de la presencia de Dios en la historia para responder a Dios que nos interpela hoy.

La Alianza de Dios, como nos recuerda Papa Francisco, nos impulsa a las periferias:

Todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y a atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG 20).

La Iglesia «en salida» es la comunidad de discípulos misioneros que toman la iniciativa y se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan (EG 24).

Confiando en la Promesa e impulsadas por el Espíritu, estamos prontas a salir «fuera de la puerta» y a ponernos en camino con los hombres y mujeres, nuestros contemporáneos. Estamos  conscientes de la urgencia de entrar como protagonistas en la comunicación actual para  evangelizar  y dejarnos evangelizar  y nos sentimos  llamadas  a llevar en el corazón todas las periferias, sobre todo aquellas culturales para una «nueva y fecunda obra de responsabilidad cultural de la fe»[8]; a «vivir en el surco de la narración  evangélica de nuestro  testimonio de vida, posible en cada edad de la vida»[9]; a dejarnos interpelar por el «fenómeno migratorio  que requiere  nueva  sensibilidad y atención pastoral en orden al ecumenismo  y al diálogo interreligioso[10].

Memoria de la «gracia de los orígenes, la humildad y la pequeñez de los inicios que hicieron transparentes la acción del Dios de la vida y el mensaje de los que, llenos de asombro iniciaron el camino, por caminos de tierra y senderos no transitados»[11], creemos que el Dios de la historia no deja de caminar con nosotros a través del don del Espíritu «que impulsa a anunciar el Evangelio y que hace acoger y comprender la palabra de salvación»[12].

[1] Cf. también Gen 12,1 y 21,18; 1Re 19,5.7; Ez 2,1; Dn 10,11; Jon 3,2
[2] Cf Mt 9,6; Mc 5,41.10, 49; Lc 7,14. 8,54; Jn 5,8; Hech 12,1-12
[3] Cf Hech 8,26; 9,6; 26,16.
[4] Francisco, Audiencia general, 20 de septiembre de 2017.
[5] Homilía del Papa Francisco en la Concelebración Eucarística con los Cardenales presentes en Roma, en ocasión del XXV aniversario de su Ordenación episcopal.
[6] Homilía del Papa Francisco en Santa Marta, 4 de mayo de 2017.
[7] Exhortación pronunciada en el documental In cammino, Roma, abril de 1961.
[8] Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades apostólicas, Anunciad. A los consagrados y a las consagradas testimonios del Evangelio entre las gentes, LEV, Ciudad del Vaticano 2016, n. 83.
[9] Ibid, n. 84.
[10] Ibid, n. 86.
[11] Ibid, n. 43.
[12] Ibid, n. 36.